Dicen
que me parezco mucho a mi padre, y es cierto, he heredado
sus ojos rasgados, sus pómulos pronunciados, su carácter
extrovertido y su mala leche.Cuando sus amigos cercanos me
ven, sé que le ven a él, reflejado en mí,
y yo reflejada en él, recuerdo que nunca desaparece.
Tener un padre artísta significa ver la vida desde
un calidoscopio de mil colores, desde un punto de vista profundamente
humano. Significa crecer entre olores, entre el aroma a aguarras,
a pintura de tubo, a caballete que sostiene un lienzo puestó
a secar.
Se
cuenta que dí mis primeros pasos sobre una escultura
de Koldo Alberdi, en una exposición conjunta de éste,
Oteiza, y Txopitea, que se celebró en el pórtico
de la parroquia de Zarautz, allá por el verano del
78. Ahora cuento con 25 años y aún continuo
girando la cabeza cuando percibo el olor a pintura fresca.
Txopitea
era un artista vocacional, un hombre sensible, un creador
apasionado, carismático, reinventor de sí mismo.Fue
un padre, testigo de ‘La iniciación de su pequeña
dama’.
Txopitea ya no está entre nosotros, pero nos ha dejado
su obra, imagines para ser leídas. Más dejemos
a ‘Txopy’ que nos cuente su historia, hable por
sí mismo - libre como el viento que se lleva mar adentro,
sus pinceles y su talento-.
Permitamonos interpretarle a través de sus cuadros.
Permitidme que me quite el sombrero ante mi ‘Aita’.
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