DANIEL TXOPITEA / VOLVER A CRITICAS
 
Ainize Txopitea. Londres 8 de febrero del 2003

Dicen que me parezco mucho a mi padre, y es cierto, he heredado sus ojos rasgados, sus pómulos pronunciados, su carácter extrovertido y su mala leche.Cuando sus amigos cercanos me ven, sé que le ven a él, reflejado en mí, y yo reflejada en él, recuerdo que nunca desaparece. Tener un padre artísta significa ver la vida desde un calidoscopio de mil colores, desde un punto de vista profundamente humano. Significa crecer entre olores, entre el aroma a aguarras, a pintura de tubo, a caballete que sostiene un lienzo puestó a secar.

Se cuenta que dí mis primeros pasos sobre una escultura de Koldo Alberdi, en una exposición conjunta de éste, Oteiza, y Txopitea, que se celebró en el pórtico de la parroquia de Zarautz, allá por el verano del 78. Ahora cuento con 25 años y aún continuo girando la cabeza cuando percibo el olor a pintura fresca.
Txopitea era un artista vocacional, un hombre sensible, un creador apasionado, carismático, reinventor de sí mismo.Fue un padre, testigo de ‘La iniciación de su pequeña dama’.
Txopitea ya no está entre nosotros, pero nos ha dejado su obra, imagines para ser leídas. Más dejemos a ‘Txopy’ que nos cuente su historia, hable por sí mismo - libre como el viento que se lleva mar adentro, sus pinceles y su talento-.

Permitamonos interpretarle a través de sus cuadros. Permitidme que me quite el sombrero ante mi ‘Aita’.